Bolivia despertó con dos hechos que sacudieron su ya frágil escenario político. Primero, un avión carguero ruso procedente de Ucrania, con una escala previa en São Paulo y destino final Santiago de Chile, aterrizó en el aeropuerto internacional de Viru Viru, en Santa Cruz. Según la Dirección de Navegación Aérea y Aeropuertos Bolivianos (Naabol), se trató de una parada técnica para reabastecimiento de combustible y descanso de la tripulación, transportando únicamente “valijas diplomáticas” y sin pasajeros ni carga sospechosa. Sin embargo, la difusión de imágenes de la aeronave por parte del vicepresidente del Comité Pro Santa Cruz, Agustín Zambrana, desató un torbellino de especulaciones en redes sociales. Los rumores sobre un segundo vuelo ruso previsto para el 13 de agosto —aún no confirmado— y la falta de información detallada inicial encendieron las alarmas de un sector de la población, especialmente por la cercanía de las elecciones.
Ese mismo día, el presidente Luis Arce sorprendió al país con un nuevo cambio en el Alto Mando Militar, designando al contralmirante Gustavo Primitivo Anibarro Escobar como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, en reemplazo del mando anterior. Se trata del segundo relevo en menos de un año y llega en el momento más caliente del calendario político. Arce justificó la medida señalando que busca garantizar la “paz y gobernabilidad”, pero para la oposición y para el expresidente Evo Morales, líder del ala evista del MAS, la decisión tiene un claro trasfondo político. Morales advirtió que este movimiento podría estar vinculado a un posible fraude electoral o a una estrategia para controlar cualquier estallido social, acusando al gobierno de promover ascensos militares por afinidad política más que por méritos y pidiendo a la comunidad internacional una estrecha vigilancia del proceso.
El país ya se encontraba bajo fuerte presión: una inflación del 24,8% en julio, escasez de dólares y combustibles, y un enfrentamiento interno feroz dentro del MAS entre las facciones de Arce y Morales. La exclusión del exmandatario de la contienda presidencial, sumada a la orden de aprehensión en su contra por un caso de trata agravada, ha empujado a sus seguidores a amenazar con desconocer los resultados y promover el voto nulo. En Santa Cruz, bastión opositor, los dos hechos del 14 de agosto se leen como maniobras del gobierno para condicionar el resultado electoral, reforzando la percepción de que el oficialismo juega con ventaja en un terreno desigual.
Mientras el Ministro de Defensa insiste en que el cambio militar responde a la necesidad de garantizar estabilidad, voces como la del analista Alfredo Colque advierten sobre el riesgo de un “segundo Zuñigazo”, evocando el intento de golpe de 2024. Con la desconfianza en aumento y las sospechas multiplicándose, Bolivia entra a la recta final de la campaña con un clima de incertidumbre en el que la transparencia y la comunicación oficial serán decisivas para evitar que las tensiones políticas se transformen en una crisis abierta.
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