A un mes de las elecciones presidenciales en Bolivia, el candidato de la Alianza Popular (AP), Andrónico Rodríguez, intenta desmarcarse de la confrontación interna del Movimiento al Socialismo (MAS) con un mensaje de conciliación que ha generado tanto adhesiones como recelos.
La Paz, 15 de julio 2025.- Rodríguez, actual presidente del Senado y otrora considerado el “heredero político” de Evo Morales, ha confirmado un acuerdo con su compañera de fórmula, Mariana Prado, para garantizar que un eventual gobierno suyo no actuará en clave de “venganza política” contra el expresidente. La declaración, publicada inicialmente por la agencia @noticiasfides, marca un punto de inflexión en la estrategia del candidato, quien busca proyectarse como una alternativa moderada frente a la polarización que atraviesa la política boliviana.
“No somos enemigos de Evo”, declaró Rodríguez. “Reconocemos su legado en la revolución democrática y cultural, pero también creemos que la ley debe cumplirse sin presiones ni vendettas”, añadió, en una línea discursiva que parece buscar un equilibrio entre el respeto a la historia del MAS y el imperativo de justicia.
Ruptura sin enfrentamiento
La candidatura de Rodríguez se consolidó tras su distanciamiento con Morales, inhabilitado por el Tribunal Constitucional Plurinacional para postular en los comicios del 17 de agosto. Sin el respaldo del líder cocalero, quien aún mantiene influencia dentro del electorado evista, Rodríguez apuesta por reconstruir una izquierda sin personalismos, ni persecuciones.
El acuerdo con Prado —exministra durante el gobierno de Morales y ahora figura clave en su campaña— apunta a blindar políticamente al exmandatario de cualquier intento de judicialización por razones políticas. Sin embargo, la promesa de no actuar contra Morales choca con las demandas de sectores que exigen que se aclaren los procesos judiciales que enfrenta, entre ellos el más sensible: una denuncia por una presunta relación con una menor en 2015.
Una izquierda dividida y un electorado volátil
El MAS llega a estas elecciones en un estado de fragmentación sin precedentes. Morales, desde el Chapare, insiste en que es víctima de un “plan del imperio” para marginarlo de la política. Luis Arce, presidente en ejercicio, conserva buena parte del aparato estatal pero evita confrontaciones abiertas con su exjefe político. Y Rodríguez, desde el Senado, se posiciona como una tercera vía dentro del movimiento.
En las redes sociales, las reacciones a su postura no se han hecho esperar. “Encubrimiento”, “ambigüedad” y “cálculo político” son algunos de los términos utilizados por usuarios como @WilliamsBascope y @RogrGutierrez para describir el pacto con Prado. Otros sectores, en cambio, valoran el gesto como un intento necesario de pacificación.
¿Unidad o ambivalencia?
El desafío de Rodríguez es mayúsculo: lograr aglutinar votantes sin alienar a los evistas ni decepcionar a quienes piden una renovación real. Su discurso de conciliación, aunque arriesgado, podría abrirle espacio en un electorado cansado de las pugnas internas del MAS. Pero el margen de maniobra es estrecho.
Mientras Morales mantiene su narrativa de víctima y Arce apuesta por una campaña institucional, Rodríguez camina sobre una cuerda floja: debe convencer de que es capaz de gobernar con firmeza, pero sin revanchismo; de impulsar justicia, pero sin ceder a la presión de sus antiguos aliados.
Lo que está en juego no es solo la presidencia, sino la capacidad de la izquierda boliviana de reconstruirse tras la caída del liderazgo unipersonal que marcó las últimas dos décadas.
Redacción central
