En el debate presidencial, Rodrigo Paz propuso aplicar un sistema de bandas cambiarias, un modelo flexible que permitiría al país moverse con márgenes controlados frente a la falta de dólares. La idea central es “inundar el país con divisas”, atraer inversión, devolver confianza y dejar que el mercado, una vez estabilizado, encuentre su propio punto de equilibrio.
Por su parte, Tuto Quiroga defendió la cotización tradicional del dólar, es decir, mantener un tipo de cambio fijo con intervención directa del Banco Central, priorizando la previsibilidad y evitando que la volatilidad cambie las reglas del juego para productores e importadores. Su planteamiento busca proteger el bolsillo ciudadano en un entorno de incertidumbre y desgaste financiero.
Ambas posturas parten de la misma urgencia: sin dólares no hay política económica que funcione. Ninguna fórmula —sea banda o tipo fijo— puede sostenerse sin un flujo constante de divisas, exportaciones dinámicas y un Estado capaz de generar confianza real en sus decisiones.
Más allá del debate técnico, la clave parece estar en la coherencia y la transparencia. Un país puede modular su tipo de cambio, pero no puede mentirse a sí mismo con cifras maquilladas. Las mediciones económicas deben reflejar la realidad con al menos un 95% de precisión efectiva, no para adornar informes, sino para tomar decisiones que mejoren la vida de la gente. Solo así las políticas dejan de ser promesas y se convierten en resultados medibles.
La falta de dólares también ha dado pie a un fenómeno paralelo: el auge de plataformas digitales que juegan con la necesidad de la población. Cobran comisiones variables, operan en la sombra y reflejan la desconfianza en el sistema formal. Si el próximo gobierno logra devolver coherencia y liquidez al mercado, esas plataformas serán reguladas o desaparecerán naturalmente.
La transparencia en la inversión pública, la trazabilidad del gasto y la claridad en la gestión de divisas podrían ser los pilares de cualquier recuperación duradera. Porque más allá de la técnica, lo que Bolivia necesita es una verdad económica medible y coherente, donde cada dato sirva no para justificar el pasado, sino para construir futuro.
Por: Manuel Rodríguez, analista invitado
