Álvarez asume después de la salida de Mirko Sokol y en un momento en que la Policía arrastra un serio desgaste de credibilidad. Su discurso de posesión incluyó compromisos contra la corrupción, el narcotráfico, el crimen organizado, la trata de personas y el lavado de activos.
El problema es que los discursos de renovación ya forman parte de la historia reciente de la institución. Cada nuevo mando promete recuperar la confianza ciudadana, fortalecer la disciplina y combatir la corrupción. Lo que la sociedad espera ahora son resultados verificables.
La primera prueba será determinar si el nuevo comandante puede convertir sus anuncios en acciones concretas: controles internos efectivos, investigaciones que no se detengan cuando involucren a policías de alto rango, profesionalización, transparencia y una respuesta más eficiente frente al delito.
Pero cargar todo el desafío sobre Álvarez sería simplificar el problema. La Policía depende de decisiones políticas, presupuestarias e institucionales que están fuera del despacho del comandante.
Si el Gobierno realmente pretende recuperar la credibilidad del verde olivo, tendrá que acompañar al nuevo mando con recursos, equipamiento, formación, mecanismos de control y una política clara de respeto a la carrera policial y a la institucionalidad.
También deberá responder a una cuestión más incómoda: si quiere una Policía institucional, tendrá que relacionarse con ella institucionalmente.
La ciudadanía no espera solamente más operativos ni conferencias de prensa. Espera sentir que la Policía vuelve a ser una institución al servicio de la sociedad y no una estructura marcada por intereses particulares, abusos o corrupción.
Álvarez tiene una oportunidad. Pero su éxito no se medirá por la fuerza de sus primeras declaraciones, sino por lo que ocurra después.
La calle no espera otro discurso de que “se está trabajando”. Espera que el verde olivo vuelva a ser sinónimo de autoridad, institucionalidad y confianza.
Pot Equipo de redacción
