Dom. Nov 8th, 2026

Bolivia ante el espejo: ¿el problema es el Estado Plurinacional o quienes lo administran?

El fiscal general preso, el presidente del órgano judicial prófugo, una Asamblea Legislativa atrapada en disputas por cargos y un Gobierno cuestionado por sus anuncios sin resultados. La descripción del analista Ramiro Calasich G. retrata una crisis que va más allá de los nombres y las siglas políticas: pone en discusión la autoridad, la credibilidad y la capacidad del Estado para cumplir sus funciones. Su llamado a recuperar la República de Bolivia abre un debate de fondo: ¿el problema está en el modelo de Estado, en quienes lo administran o en la incapacidad de hacer cumplir la Constitución y las leyes?

«Bolivia, Bolivia, Bolivia… El atroz Estado Plurinacional’. Así comienza Calasich una reflexión que no ahorra calificativos y que termina con una consigna política: «Que vuelva la República de Bolivia».

Su diagnóstico reúne hechos y percepciones que alimentan el malestar ciudadano. La crisis alcanza a la administración de justicia, donde las máximas autoridades aparecen vinculadas a situaciones judiciales extraordinariamente delicadas; al Legislativo, donde las disputas por los cargos y los procedimientos de elección exponen debilidades políticas, y al Ejecutivo, al que cuestiona por anunciar medidas que no terminan de traducirse en resultados.

Pero hay un elemento todavía más preocupante: la presencia del crimen organizado y su capacidad de intimidación mediante la violencia. Cuando las organizaciones criminales pretenden enviar mensajes a funcionarios con asesinatos, la discusión ya no es solamente sobre seguridad ciudadana. También está en juego la capacidad del Estado para imponer la ley y proteger a sus instituciones.

La propuesta de volver a la República introduce una discusión constitucional y política. Desde 2009, Bolivia se denomina Estado Plurinacional, pero la Constitución mantiene principios republicanos, democráticos y de separación de órganos del poder público. Por tanto, la reivindicación republicana no supone que todos los principios de la República hayan desaparecido, sino que expresa una crítica al funcionamiento del Estado y al rumbo institucional adoptado.

Tampoco sería suficiente recuperar una denominación histórica para resolver los problemas actuales. La institucionalidad no se reconstruye cambiando un nombre, sino garantizando independencia judicial, transparencia, representación política, seguridad y cumplimiento de la ley.

El Gobierno de Rodrigo Paz también queda frente a este espejo. La ciudadanía no solamente espera distanciarse de las prácticas del pasado; exige resultados, autoridad y una administración capaz de recuperar la confianza pública.

La reflexión de Calasich deja, finalmente, una discusión que Bolivia no debería esquivar: ¿necesitamos cambiar el modelo de Estado, cambiar a quienes lo administran o conseguir que las instituciones funcionen de acuerdo con la Constitución y las leyes?

Quizás la respuesta más urgente no esté en el nombre del Estado, sino en su capacidad de proteger al ciudadano, garantizar justicia y ejercer autoridad sin privilegios ni sometimientos.

Por Equipo de redacción

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