En medio de la tormenta económica que sacude a Bolivia, con la escasez de dólares como protagonista y las reservas internacionales en declive, las voces que claman por soluciones resuenan con fuerza. Sin embargo, no todas apuntan al mismo horizonte. Mientras el exvicepresidente Álvaro García Linera aboga desde Argentina por «agarrar del cuello» a los empresarios exportadores —una declaración cargada de retórica que rememora más los debates ideológicos que las respuestas prácticas—, el ministro de Economía, Marcelo Montenegro, y el sector productivo de Santa Cruz trazan una ruta distinta: la del pragmatismo como brújula para navegar la crisis.
Montenegro, con la claridad de quien enfrenta el timón en tiempos adversos, ha cuestionado con razón la coherencia de García Linera. Si tan drástica medida era la solución, ¿por qué no se aplicó durante su propia gestión, cuando las Reservas Internacionales Netas comenzaron su descenso desde el pico de 2014? Los números no mienten: de 15,000 millones de dólares hace una década, Bolivia vio mermar sus arcas hasta los 10,000 millones al cierre del gobierno de Evo Morales en 2019. La crítica del ministro no solo desnuda una contradicción, sino que subraya una verdad ineludible: la economía actual no admite experimentos ni bravatas, sino pasos firmes hacia la estabilidad.
En esta misma línea, la Cámara de Exportadores de Santa Cruz (Cadex) alza su voz con una propuesta que destila sensatez. Lejos de confrontaciones, el sector que sostiene el 77% de las exportaciones no tradicionales del país pide apoyo: acceso fluido a divisas, desburocratización y garantías en el suministro de insumos. Santa Cruz, corazón productivo de Bolivia, no busca privilegios, sino condiciones para seguir siendo el pulmón que oxigena la economía nacional. Cadex advierte que sin estas medidas, los efectos de la crisis —pérdida de competitividad, empleos y divisas— se multiplicarán como ecos en una caverna.
En este cruce de caminos, el contraste es evidente. De un lado, una visión ideológica que, aunque apasionada, carece de anclaje en la experiencia empresarial y en la realidad inmediata. Del otro, un llamado a la colaboración y al realismo, encarnado por un ministro que defiende la solvencia lograda y un sector exportador que reclama herramientas para manejar el temporal. Bolivia no tiene tiempo para nostalgias ideológicas; exige acción pragmática que una al Estado y al sector privado en una misma causa: la supervivencia económica.
Redacción central, datos y análisis
