Bajo el sol de La Guardia y con un gesto entre la rabia contenida y la vulnerabilidad expuesta, el candidato a la vicepresidencia por el Partido Demócrata Cristiano (PDC), Edmand Lara, rompió el silencio con un reclamo que dejó en evidencia no solo la fragilidad de su situación política, sino también la soledad en la que se siente inmerso: “¿Dónde están los candidatos a diputados y senadores? Me han dejado solito para batirme”, lanzó ante sus seguidores. Su voz, cargada de frustración, revelaba la mezcla de orgullo herido y cansancio que acompaña a quien se siente abandonado por su propio frente en plena contienda electoral.
Lara enfrenta un proceso judicial que asegura es parte de una “persecución política”. Según su relato, el denunciante es “un expolicía corrupto, estafador, loteador y traficante de tierras”, y recuerda que ya había sido absuelto por las mismas acusaciones en otro tribunal. Aunque la audiencia fue suspendida por ausencia del denunciante y reprogramada para el 2 de septiembre, Lara insiste en que se presentará: “No tengo nada que ocultar”. Ese afán de “dar la cara” parece ser también una batalla personal contra la etiqueta de victimización que sus adversarios buscan imponerle.
En medio de esta escena apareció un aliado inesperado: el abogado Jhon Rioja, conocido por haber defendido a dirigentes “evistas” procesados en bloqueos de caminos. Su presencia junto a Lara no pasó inadvertida: un opositor que reclama la ausencia de sus propios legisladores, acompañado por un jurista que hasta hace poco representaba a militantes radicales del MAS. La imagen transmitía contradicción, pero también un cierto pragmatismo desesperado.
Psicológicamente, Lara se proyecta como un hombre en lucha contra dos frentes: el externo, representado por la justicia que lo persigue, y el interno, marcado por la soledad dentro de su propio partido. Su insistencia en no retroceder, en exponerse pese al abandono, refleja más que una estrategia política: denota la necesidad personal de reafirmar su identidad como luchador incansable, incluso si la batalla lo encuentra cada vez más aislado.
En sus palabras también hay un componente de advertencia: promete que, de llegar al poder, no tendrá contemplaciones frente a la corrupción, con auditorías, incautación de bienes y cárcel para quienes usen mal el dinero público. Su discurso combina la rebeldía del que no se resigna a quedar al margen con la vulnerabilidad del que se siente traicionado. Y esa dualidad, entre fortaleza y soledad, lo coloca en un punto frágil pero intensamente humano dentro de la áspera campaña electoral del PDC.
Redaccion central Santa Cruz
