Con la victoria de Rodrigo Paz, el país inicia una nueva etapa marcada por la expectativa y la desconfianza. En los próximos días, el Tribunal Supremo Electoral entregará las credenciales al presidente electo y a los nuevos miembros de la Asamblea Legislativa, abriendo paso a la fase de nombramientos en el Ejecutivo.
Pero antes de que se anuncien oficialmente los nombres, ya se escuchan los rumores. En oficinas, redes sociales, en cafés y chats partidarios o rupos, se mencionan listas de posibles ministros, directores y viceministros. Algunos rostros son nuevos, otros no tanto.
Fuentes cercanas al entorno de transición confirman que varios exfuncionarios del gobierno de Luis Arce —con trayectoria técnica, pero también con habilidad política— buscan permanecer dentro del aparato estatal. Algunos, según se comenta, “ya se dieron la vuelta” y ofrecieron su apoyo al Partido Demócrata Cristiano (PDC) de Paz. Otros, en cambio, prefieren esperar discretamente, confiando en que sus méritos sean reconocidos sin necesidad de alinearse políticamente.
El dilema no es menor: Bolivia ha vivido ciclos en los que la esperanza del cambio se diluyó en nombramientos por afinidad, parentesco o conveniencia. En cada transición, el país repite el mismo interrogante: ¿cuánto del nuevo gobierno responde al voto popular y cuánto al poder del dedazo?
A medida que se acerca la toma de posesión, el reto para el presidente electo será demostrar que el compromiso con la transparencia y la meritocracia no se queda en el discurso. Las señales que envíe con sus primeros nombramientos marcarán el tono del quinquenio y el rumbo de su legitimidad.
Porque si algo ha aprendido Bolivia, como dice Juan Alvarez comerciante del mercado Campesino de Sucre, es que en los últimos años, los gobiernos no se miden solo por cómo llegan, sino por cómo gobiernan.
Redacción central Cochabamba
