El pronunciamiento de Condori cayó como dinamita dentro de su propia alianza. Hablar de “cerrar el parlamento” no es una metáfora menor en un país con memoria política sensible a quiebres institucionales. Doria Medina lo entendió así y salió a cortar por lo sano: calificó la postura como “profundamente antidemocrática”, exigió una retractación inmediata y dejó claro que ninguna agenda —ni siquiera una popular como la reducción de salarios— puede imponerse por la fuerza.
Pero detrás del discurso institucional hay algo más: control político. No es la primera vez que Condori se desmarca de la línea y esta vez cruzó un límite que obliga a Doria Medina a mostrar autoridad. El mensaje es doble: hacia afuera, se desmarca de cualquier sombra golpista; hacia adentro, advierte que la indisciplina tendrá costo.
La amenaza de un proceso disciplinario —e incluso la expulsión— no es solo correctiva, es preventiva. En un escenario político fragmentado, perder cohesión interna puede ser más peligroso que el costo de sacrificar a una figura incómoda. La pregunta es si Condori retrocederá o si este episodio destapará fisuras más profundas dentro del bloque.
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Por Equipo de redacción
