El reciente discurso de Manfred Reyes Villa ha encendido las alarmas en el escenario político nacional. En un tono desafiante y claramente dirigido a capitalizar el malestar de los sectores más radicales del electorado, el exalcalde de Cochabamba y exmilitar afirmó: “Como militar, sé actuar con firmeza y sin violencia. Evo Morales va a responder ante la ley. Primer día de mi gobierno, yo me voy a encargar de que así sea. Aquí está el capitán que va a defender Bolivia”. Más que una simple declaración de campaña, sus palabras condensan una narrativa peligrosa que mezcla promesas de justicia con una fuerte carga de propaganda personalista.
El contexto en el que lanza este mensaje no es menor: Reyes Villa enfrenta un estancamiento en las encuestas, donde su nombre ha ido perdiendo fuerza frente a nuevas figuras opositoras y a las disputas internas del propio MAS. Incluso ha puesto en duda la veracidad de los sondeos, sugiriendo un posible sesgo o manipulación, una estrategia que suele anticipar campañas orientadas al descrédito institucional y a la victimización política. Este tipo de movimientos no solo buscan deslegitimar las mediciones de opinión, sino también preparar el terreno para un discurso de “fraude” en caso de resultados adversos.
Al declararse “capitán” y autoproclamarse como el defensor de Bolivia, Reyes Villa no solo apela a su pasado militar, sino que instala una figura de salvador, cargada de simbolismo patriótico. Esta representación no es nueva en la política boliviana, pero en su caso adquiere un tono más personal y confrontacional. La figura de Evo Morales aparece nuevamente como el eje de su campaña, no desde un plano programático, sino como enemigo central. Es decir, en lugar de presentar propuestas de Estado, el discurso se construye desde la promesa de castigo: hacer que Morales “responda ante la ley” desde el primer día de un eventual mandato.
Sin embargo, lo que no se dice también pesa. No hay mención a mecanismos institucionales concretos, ni al debido proceso. No se cita ninguna causal jurídica específica ni procedimiento previsto por el sistema de justicia. Esto convierte su mensaje en una forma de propaganda punitiva: se promete justicia como acto de voluntad política, no como resultado de un Estado de derecho. Expertos en comunicación política como Sandro Montaño advierten que este tipo de retórica, aunque efectiva en captar atención mediática y redes sociales, erosiona la institucionalidad al presentar la justicia como herramienta de revancha y no como proceso independiente.
Además, al dirigirse a un electorado indeciso o desencantado, Reyes Villa intenta posicionarse como una alternativa “firme”, diferente a la oposición tradicional, sin embargo, lo hace en base a emociones intensas y no sobre plataformas concretas de gobierno. En una sociedad políticamente polarizada, el uso del miedo, la rabia o el deseo de venganza puede movilizar votantes a corto plazo, pero también profundiza la fractura democrática y desdibuja los límites entre legalidad, populismo y autoritarismo.
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