Bolivia y, en particular los contribuyentes, están cansados de que los impuestos sean una trampa, no una herramienta de desarrollo. Cansados de que los errores se castiguen con sanciones automáticas y de que el ciudadano sienta que declarar ante el fisco es entrar a un campo minado.
Por eso, las declaraciones de Gabriel Espinoza, del equipo económico de Rodrigo Paz, caen como un respiro en medio del ahogo: permitir que gastos familiares, como la educación de los hijos, sirvan como crédito fiscal para los profesionales, y eliminar las multas automáticas por errores formales. Parece un detalle técnico, pero no lo es. Es un cambio de mentalidad.
Durante años, el sistema tributario boliviano ha sido un espejo del autoritarismo burocrático: rígido, desconfiado y más preocupado por sancionar que por facilitar el cumplimiento. Con Espinoza, el discurso cambia: el Estado deja de ser el verdugo y empieza a comportarse como un socio que acompaña.
Claro, los grandes temas —el Impuesto a las Transacciones, el de las Fortunas— deberán debatirse en la Asamblea Legislativa. Y está bien que así sea. Un gobierno que no confunde autoridad con imposición empieza por reconocer que el poder de decidir también se comparte.
La promesa de “humanizar” al fisco es más que un gesto administrativo: es una señal política. Implica creer que el boliviano promedio no evade por malicia, sino por miedo; que un sistema más justo genera más cumplimiento que mil fiscalizadores con credencial en el pecho y con formulario de intervención en mano.
Si se cumple, será el primer paso para desmontar esa cultura del terror tributario que ha empobrecido la confianza y la formalidad. Si no, será solo otro discurso bienintencionado que se ahoga en la maraña de las buenas intenciones de un equipo económico.
El desafío está servido. Y esta vez, más que nunca, los contribuyentes bolivianos estaremos atentos. Porque cuando un país empieza a tratar con respeto a quien paga impuestos o como alguien dijo a cuidar la «gallina de los huevos de oro» algo profundo podría empiezar a cambiar.
Por Manuel Rodríguez, analista invitado
Portada Gabriel Espinoza – Manuel Rodríguez
