El dólar baja, pero el bolsillo no lo siente. Esa es la paradoja que muchos bolivianos viven día a día. Mientras el Ministerio de Economía celebra que la cotización de la divisa extranjera retrocede por primera vez en meses, las familias reducen porciones y estiran sus ingresos hasta donde ya no alcanzan.
“Es una buena señal para el mercado, una muestra de confianza en la economía nacional”, dijo el ministro José Gabriel Espinoza al referirse a la caída del tipo de cambio paralelo. Sin embargo, reconoció que el alivio monetario no será suficiente si no se adoptan medidas urgentes mediante decretos que frenen el impacto de la inflación sobre la canasta familiar.
En los pasillos del mercado Abasto, Juana Santiváñez cuenta otra historia: la de una economía doméstica que no se mide en porcentajes, sino en cucharadas. “Antes comprábamos un kilo de carne, ahora medio; antes el arroz era de 5 kilos, ahora llevamos 2. Todo está caro, y aunque digan que el dólar baja, aquí nada baja”, dice mientras acomoda sus bolsas de verduras marchitas.
El contraste entre los discursos macroeconómicos y la vida cotidiana se amplía. Según analistas consultados, la baja del dólar refleja una expectativa de estabilidad, pero el poder adquisitivo sigue deteriorándose. Los alimentos mantienen precios altos por los costos logísticos, la escasez de divisas para importaciones y la lenta reacción del mercado interno.
“El dólar puede caer, pero si el salario no sube, la gente seguirá comprando menos”, comenta un economista local. En palabras sencillas, el bolsillo popular no cotiza en la misma bolsa que las estadísticas del Ministerio.
Espinoza asumió el cargo con la promesa de “devolverle valor al boliviano”. Pero por ahora, en la cocina boliviana, ese valor se mide en porciones más pequeñas, menos carne, menos arroz y menos aceite. La economía puede mostrar signos de confianza, pero la confianza, como el dinero, se agota cuando el plato se encoge.
Redacción central Santa Cruz
