El ministro Gabriel Espinoza afirma que el valor referencial publicado por el Banco Central representa el “precio verdadero del sistema”, porque surge de las transacciones entre bancos y entidades financieras. Es un avance técnico indiscutible después de más de dos años sin datos públicos. La transparencia vuelve a la mesa y el mercado formal recupera una brújula para saber cómo se están moviendo los dólares en la parte visible del sistema financiero.
Pero Bolivia no es un país que se mueve únicamente por su sistema financiero formal. Con un 85% de economía informal, la mayor parte de las operaciones reales —las que hacen comerciantes, transportistas, pequeños importadores, constructores, remeseros y miles de familias— ocurren fuera de los bancos. Ese mercado no se rige por el referencial del BCB. Se rige por el precio paralelo, el que se negocia en la calle, el que se paga en efectivo, el que responde a la escasez, a las restricciones y a la desconfianza acumulada.
Por eso, cuando el ministro habla del “precio verdadero”, en realidad está hablando del 15% de la economía. Es cierto que ese porcentaje necesita orden, pero no es allí donde se forma la expectativa del ciudadano común ni donde se define el costo diario de acceder a un dólar. El referencial ordena a los bancos; el paralelo ordena a la gente. Mientras la brecha exista y la oferta siga limitada, la referencia técnica convivirá con la realidad cotidiana que el Gobierno no puede ignorar.
La transparencia es un buen paso. Nadie lo niega. Pero el debate que Bolivia necesita va más allá de publicar un número: exige entender que el país funciona con dos mercados, dos precios y dos realidades. Si la política económica quiere recuperar confianza de verdad, debe hablarle a ambos. No basta con mostrar la foto limpia; hay que enfrentar la película completa. Aquí es donde el ministro podría pensar un poco más allá del referencial.
Redacción central Cochabamba
