Hace exactamente 30 años, un 17 de diciembre, el empresario y político aliado de Rodrigo Paz volvió literalmente a la vida. Tras 45 días secuestrado por el MRTA, fue liberado luego de vivir cada jornada entre la esperanza y la posibilidad real de morir. No lo recuerda como una anécdota del pasado, sino como uno de los momentos más decisivos de su existencia, marcado por la aceptación consciente de la muerte como única forma de resistir psicológicamente el cautiverio.
Su liberación no fue un hecho fortuito. El político reconoce que volvió a casa gracias a la determinación de su padre, quien tomó la compleja decisión de contratar a una empresa especializada en negociación con secuestradores, al apoyo incondicional de sus hermanas y a colegas de la empresa en la que trabajaba entonces. Todos ellos, afirma, forman parte de una deuda moral que lo acompaña hasta hoy y que marcó su manera de entender la responsabilidad y la solidaridad en los momentos críticos.
Pero el recuerdo más poderoso no está en la negociación ni en el encierro, sino en la espera. Nidia y sus hijos, que en ese entonces eran pequeños, aguardaban el regreso de su padre. Poder abrazarlos nuevamente fue, según sus palabras, la mayor recompensa tras el cautiverio. Ese reencuentro selló una convicción profunda: la vida no puede darse por sentada y el tiempo que se recibe debe tener un propósito claro.
Por eso, sostiene que hace tres décadas, al recuperar la libertad, decidió dedicar su nueva vida al trabajo público. No como una carrera personal, sino como una forma de servicio. “No sabemos cuánto tiempo tenemos, pero sí podemos decidir cómo queremos usarlo”, reflexiona hoy, en un mensaje que trasciende lo personal y se proyecta al presente político, donde la ética, la experiencia y la responsabilidad vuelven a ser demandas centrales de la ciudadanía.
Redacción central La Paz
