The New York Times fue directo y severo: la operación impulsada por Donald Trump contra el régimen de Nicolás Maduro no solo tensó la geopolítica regional, sino que volvió a poner en evidencia un viejo dilema estadounidense: ¿hasta dónde puede llegar un presidente cuando decide actuar sin el respaldo explícito del Congreso? Para el influyente diario, el problema no fue solo Venezuela, sino el precedente institucional que deja Washington cuando la fuerza se impone a los contrapesos democráticos.
El medio neoyorquino subrayó que la lógica de “seguridad nacional” utilizada por Trump resulta peligrosa cuando se convierte en un comodín para eludir controles legales. Bajo ese argumento —advierte el NYT— cualquier gobierno podría justificar intervenciones externas selectivas, debilitando el derecho internacional y normalizando la excepción como regla. En otras palabras, no se trató solo de Maduro, sino del uso discrecional del poder militar como herramienta política.
Sin embargo, hay un punto donde el análisis puede ir más lejos que el propio Times: el vacío de legitimidad del régimen venezolano no convierte automáticamente a Estados Unidos en árbitro global de la justicia. La ausencia de democracia en Caracas no exonera a Washington de cumplir sus propias normas. Combatir un autoritarismo mediante atajos legales corre el riesgo de reforzar la narrativa victimista del chavismo y alimentar el antiimperialismo que dice combatir.
El fondo del debate, entonces, no es si Maduro merece rendir cuentas —algo que pocos discuten—, sino quién tiene la autoridad para imponerlas y bajo qué reglas. Cuando incluso el país que se presenta como garante del orden democrático internacional decide actuar al margen de sus propios límites, el mensaje es claro y preocupante: el poder puede más que la ley. Y eso, como advirtió el New York Times, termina erosionando aquello que dice defender.
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Redacción central La Paz
