La afirmación de Saucedo —“no es tiempo de dividir, es tiempo de reconciliar”— fue interpretada por algunos sectores como un llamado institucional en un contexto de polarización. Sin embargo, la reacción de Rodríguez Veltzé trasladó el debate al terreno normativo, citando expresamente los Principios y Códigos de Ética Judicial que exigen imparcialidad y prudencia en el ejercicio del cargo.
El exmandatario no cuestionó el contenido del mensaje, sino el rol desde el cual se emite. En su criterio, el Presidente del TSJ debe evitar pronunciarse sobre polémicas públicas que eventualmente podrían resolverse en estrados judiciales. El riesgo, advierte implícitamente, es afectar la apariencia de neutralidad del máximo tribunal.
La discusión no es menor. En un país donde el Órgano Judicial enfrenta constantes cuestionamientos sobre independencia y politización, cada declaración pública adquiere peso institucional. La figura del presidente del TSJ no es política; es jurisdiccional. Su fortaleza radica precisamente en la mesura.
Más allá de la coyuntura, el intercambio revela una tensión estructural: ¿hasta dónde puede llegar la voz institucional del Poder Judicial sin cruzar la línea hacia el posicionamiento político? Para Rodríguez Veltzé, la respuesta parece clara: la reconciliación es un objetivo legítimo, pero el juez debe preservarse de intervenir en debates que puedan comprometer su imparcialidad.
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Por Equipo de redacción
