La irrupción de las redes sociales ha democratizado la información, pero también ha diluido sus fronteras. Hoy, un video viral o un post puede instalar una narrativa sin verificación previa, generando percepciones que muchas veces se imponen sobre los hechos.
En Bolivia, este fenómeno es evidente en contextos de crisis —como conflictos sociales, escasez de combustibles o disputas políticas— donde la información circula primero en redes antes de ser confirmada. En ese escenario, la ciudadanía cumple un rol activo como generadora de contenido, pero no necesariamente bajo criterios de veracidad o contraste.
Ahí radica la diferencia fundamental: el periodismo no solo informa, verifica, contextualiza y asume responsabilidad pública. Su función no es competir con la inmediatez de las redes, sino ofrecer certezas en medio de la incertidumbre.
Sin embargo, el reto también interpela a los propios medios. La presión por la rapidez y el impacto digital ha llevado en algunos casos a replicar contenidos sin el debido chequeo, debilitando su credibilidad y acercándolos peligrosamente a la lógica de las redes.
La advertencia de Cercas es clara: en un ecosistema saturado de información, el periodismo no puede renunciar a su esencia. Más que nunca, debe actuar como filtro frente a la desinformación, reafirmando su papel como garante de la verdad en democracia.
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Por Equipo de redacción
