Dornbusch utilizó aquella frase para defender la idea de que la política monetaria no puede quedar subordinada a los incentivos de corto plazo de los gobiernos. El argumento es sencillo: quien controla la moneda tiene capacidad para influir sobre inflación, liquidez, reservas, crédito y tipo de cambio, decisiones cuyos costos pueden terminar pagando los ciudadanos.
Pero existe una segunda posición. Milton Friedman desconfiaba también de entregar un poder excesivamente discrecional a los bancos centrales. Su propuesta apuntaba a reglas claras y previsibles antes que a decisiones arbitrarias, fueran políticas o tecnocráticas.
El punto de encuentro entre ambas visiones resulta especialmente pertinente para Bolivia: la moneda necesita instituciones, reglas y profesionales capaces de administrar riesgos, no decisiones coyunturales.
El debate aterriza directamente en el BCB. La Ley 1670 establece que su presidente es designado por el Presidente del Estado a partir de una terna aprobada por dos tercios de los miembros presentes de la Cámara de Diputados. Además, el BCB tiene entre sus atribuciones la política monetaria, cambiaria y la administración de las reservas internacionales.
Rodrigo Paz posesionó en noviembre de 2025 a David Iván Espinoza Torrico como presidente del Directorio del BCB. El Gobierno presentó entonces la nueva conducción como parte de una etapa de reconstrucción institucional y estabilidad económica. Espinoza, además, llegó con una larga trayectoria dentro del propio Banco Central, según reportaron medios bolivianos.
Precisamente por eso, la discusión debería ir más allá de la persona que actualmente ocupa el cargo. Bolivia necesita preguntarse si los requisitos para dirigir el ente emisor son suficientemente exigentes y si el proceso de selección garantiza que quien administre la moneda tenga las competencias necesarias para enfrentar crisis cambiarias, administrar reservas, evaluar riesgos financieros y preservar la estabilidad monetaria.
Una eventual reforma podría establecer requisitos profesionales estrictos, en mercados financieros, gestión de riesgos, evaluación pública de los candidatos y mecanismos que refuercen la independencia del titular del BCB frente al poder político.
Porque al final, el problema no es que el Presidente participe en la designación. El problema sería que la confianza política pese más que la capacidad profesional.
Y Bolivia ya conoce el costo de una moneda sometida a decisiones económicas equivocadas.
Por Equipo de redacción
