La aritmética electoral obligó a Brasil a una segunda vuelta. Ninguno de los dos principales candidatos consiguió superar el umbral necesario para evitar el balotaje.
Será el 25 de octubre, apenas tres semanas después de esta primera votación. Brasil no tendrá que esperar meses para conocer a su próximo presidente.
Pero el resultado deja algo más que una fecha.
Deja un país dividido y una campaña que vuelve a concentrarse en dos polos políticos.
No es un asunto menor en un país donde el crimen organizado, las organizaciones criminales y la violencia urbana forman parte de la preocupación cotidiana de millones de brasileños.
El discurso de mano dura encontró terreno fértil en ese escenario.
Y allí el bolsonarismo conserva una ventaja política: puede presentar la seguridad como una de sus banderas históricas y convertirla nuevamente en argumento electoral.
Lula, en cambio, llega al balotaje con una larga trayectoria política y con 80 años.
Es una figura de enorme peso, pero también representa una generación política que lleva décadas ocupando el centro de la escena brasileña.
El otro dato significativo es que el bolsonarismo tampoco encontró todavía una ruptura clara con su propio apellido.
La disputa vuelve a girar alrededor de la familia Bolsonaro.
Eso muestra la fortaleza de la marca política, pero también plantea una pregunta sobre la renovación de la derecha brasileña.
Brasil es un país de más de 200 millones de habitantes, con una economía gigantesca y una enorme diversidad social y territorial.
Sin embargo, sus dos grandes polos electorales siguen recurriendo a liderazgos construidos en el pasado.
La elección brasileña no termina en Brasilia.
Brasil comparte frontera con diez países sudamericanos y tiene capacidad para modificar los equilibrios comerciales, energéticos, diplomáticos y de seguridad de toda la región.
Para Bolivia, la elección tiene una importancia particular.
Brasil es vecino, principal mercado regional, socio energético y una pieza fundamental para asuntos como gas, infraestructura, comercio fronterizo y lucha contra el narcotráfico.
Un Brasil gobernado por el bolsonarismo podría significar una política exterior más cercana a Washington y una agenda de seguridad más dura.
Un Lula nuevamente en el poder mantendría una orientación distinta, con mayor énfasis en integración regional, multilateralismo y diálogo político.
Por Equipo de redacción
