El 10 de octubre de 1982, Bolivia recuperó la democracia después de años de dictaduras. No fue un simple cambio de gobierno: fue la recuperación de la libertad para elegir, disentir y exigir que el poder se sometiera a la voluntad popular y a la ley.
Cuarenta y cuatro años después, el desafío ya no consiste solamente en preservar las elecciones, sino en conseguir que la democracia funcione y dé resultados. Porque votar es fundamental, pero no basta si la justicia pierde credibilidad, la corrupción queda sin respuestas y las promesas electorales se alejan de la realidad cotidiana.
¿Quiénes son los responsables de ese desgaste? Si hay que señalar a alguien, la mirada apunta a los políticos. Son ellos quienes compiten por el poder, ofrecen soluciones y asumen la obligación de gobernar. Cuando anteponen sus intereses, debilitan las instituciones o incumplen sus compromisos, deterioran la confianza en la política y también en el sistema que los llevó al poder.
Eso no convierte a la democracia en culpable. Confundir el sistema con quienes lo administran sería un error. La democracia permite cambiar gobernantes, fiscalizar al poder y exigir responsabilidades sin recurrir a la violencia. Precisamente por eso, necesita instituciones independientes, justicia que actúe sin presiones y autoridades dispuestas a rendir cuentas.
Una democracia sólida tampoco se mide únicamente por la estabilidad política. Debe crear condiciones para el desarrollo, reducir desigualdades y garantizar que las oportunidades no dependan de las conexiones con el poder. La libertad política pierde fuerza cuando la ciudadanía siente que sus derechos existen en el papel, pero no encuentran respuesta en la vida cotidiana.
El peligro comienza cuando la gente deja de creer que la democracia puede resolver sus problemas. En ese terreno crece el desencanto y pueden ganar espacio quienes ofrecen orden y soluciones rápidas a cambio de debilitar controles, libertades e instituciones.
A los 44 años de su recuperación, Bolivia tiene una tarea pendiente: fortalecer la democracia, no buscar culpables en sus principios. Y quienes deben dar el primer paso son los políticos, demostrando con hechos que el poder es una responsabilidad temporal y no un patrimonio personal.
Porque la democracia no pierde credibilidad por cumplir años. La pierde cuando quienes gobiernan olvidan para quién gobiernan.
Por Equipo de redacción
