Ganar una elección es conquistar la confianza de una mayoría; gobernar es demostrar que esa confianza tenía sentido. Paz recibió un país golpeado por desequilibrios económicos, dificultades fiscales y una profunda desconfianza hacia la política. Ese escenario explica parte de su victoria, pero también eleva la exigencia sobre su gestión.
Su mandato nació de una expectativa de renovación, no de una autorización para administrar indefinidamente las dificultades heredadas. La crisis no desaparece con un cambio de presidente, pero tampoco puede convertirse en una excusa permanente para postergar resultados.
El desafío está en pasar del discurso a los hechos. La estabilización económica debe traducirse en alivio para los hogares; las decisiones del Gobierno deben tener efectos verificables y las reformas necesitan explicar quién asume sus costos, quién recibe sus beneficios y cuánto tiempo deberá esperar la población para ver resultados.
Tampoco basta con invocar la herencia recibida. Un gobierno tiene derecho a explicar las condiciones en las que comienza su gestión, pero también la obligación de responder por sus propias decisiones. La diferencia entre una administración que transforma y otra que simplemente ocupa el poder está en su capacidad para corregir errores, rendir cuentas y ofrecer resultados.
La gobernabilidad, además, no se construye únicamente desde el Palacio Quemado. Requiere acuerdos políticos, respeto a las instituciones y capacidad para escuchar a una sociedad que no puede quedar reducida a espectadora de las decisiones oficiales. La urgencia económica exige eficacia, pero no justifica debilitar los controles democráticos, según analistas.
Paz todavía tiene ante sí la posibilidad de convertir su victoria electoral en una transformación concreta. Para lograrlo, necesita que las cifras oficiales encuentren correspondencia en la economía de la calle, donde las familias miden la gestión no por la cantidad de anuncios, sino por lo que pueden comprar, los servicios que reciben y la certidumbre con la que pueden planificar su futuro.
El veredicto no lo dictará la historia de la crisis que heredó, sino la capacidad que demuestre para cambiarla. Esa es la verdadera dimensión de su mandato y la razón por la que la ciudadanía no puede conformarse con un simple relevo en el poder.
Por Equipo de redacción
