A dos meses del fin de la gestión de Luis Arce, el Gobierno decidió mover fichas en un área crítica: el suministro de combustibles. Joel Callaú fue posesionado como nuevo director de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), en reemplazo de Germán Jiménez, quien deja el cargo tras años de cuestionamientos por la crisis energética y la incapacidad de garantizar abastecimiento.
El ministro de Hidrocarburos y Energías, Alejandro Gallardo, tomó juramento a Callaú y le encomendó reducir las filas en surtidores, optimizar los controles y asegurar la provisión de carburantes. Callaú llega con experiencia en YPFB, donde ejercía como director de Comercialización, pero su desafío es monumental: tiene apenas semanas para dar resultados.
Jiménez ocupó la dirección de la ANH desde diciembre de 2020, pero nunca pudo sacudirse las críticas. Sectores del transporte, especialmente choferes de La Paz y transportistas de los Yungas, denunciaron reiteradamente escasez, mal control y engaños en el abastecimiento de gasolina y diésel. La presión social, sumada a la percepción de ineficiencia, terminó forzando su salida.
El nuevo director enfrenta un escenario donde las filas se multiplican en surtidores de varias regiones, el déficit energético es estructural con producción en declive y fuerte dependencia de la importación, y el costo fiscal de la subvención se ha disparado, generando tensiones económicas y políticas. En este contexto, su papel será más de gestor de crisis que de reformador. La expectativa ciudadana es clara: menos filas, más eficiencia y señales de control inmediato.
El relevo no soluciona la raíz del problema: Bolivia produce menos hidrocarburos de los que consume y mantiene precios artificialmente bajos. Callaú solo podrá administrar la emergencia, sin margen para cambios profundos. El riesgo es que, si no muestra mejoras visibles, la presión social escale y el desgaste se traslade al propio Arce en su salida.
El cambio en la ANH es una jugada política para mostrar reacción ante la crisis, pero llega tarde y con poco margen. Callaú tiene la tarea de lo imposible: resolver en dos meses lo que no se pudo en cinco años.
Redacción central La Paz
