El reciente despliegue de tres buques de guerra de Estados Unidos en el Caribe, a escasos kilómetros de las costas venezolanas, abrió un nuevo frente de tensión en la región. Aunque en los hechos se trata de un pulso bilateral entre Washington y Caracas, el presidente Nicolás Maduro ha buscado proyectarlo como un desafío a toda Sudamérica, convocando a los países amazónicos y organismos regionales a pronunciarse en defensa de la soberanía.
En ese marco, el presidente boliviano Luis Arce no tardó en fijar posición: “Desde el corazón de Sudamérica condenamos enérgicamente el despliegue militar de los Estados Unidos en aguas circundantes al territorio del Caribe venezolano”, escribió en sus redes sociales. Además, calificó como “infamia” las acusaciones que vinculan al mandatario venezolano con el narcotráfico y llamó a activar instancias como la CELAC, UNASUR y el ALBA-TCP para una respuesta regional.
El gesto de Arce confirma la afinidad histórica entre La Paz y Caracas, cultivada desde los años del chavismo y el MAS en Bolivia. Aunque Bolivia no es parte directa del conflicto, su respaldo apunta a reforzar la narrativa de que lo que está en juego no es solo la seguridad venezolana, sino la capacidad de América Latina de resistir injerencias externas.
Estados Unidos, por su parte, insiste en que la operación tiene fines “antinarcóticos”, señalando a supuestas estructuras criminales ligadas al llamado “Cartel de los Soles”. Sin embargo, en Caracas y en La Paz el despliegue se lee como una advertencia geopolítica más que como una acción de seguridad.
El desenlace inmediato dependerá de la capacidad de Maduro de internacionalizar su causa y sumar apoyos efectivos, más allá de los pronunciamientos diplomáticos. En este tablero, Bolivia apuesta por erigirse en voz de solidaridad regional, aunque el pulso real se mantenga entre Washington y Caracas.
Redaccion central La Paz
