Bolivia llega a la segunda vuelta del 19 de octubre de 2025 en uno de los momentos más críticos de su historia reciente: reservas internacionales en apenas 121 millones de dólares, inflación del 16,9%, déficit fiscal del 10% del PIB, deuda que roza el 90% del PIB, pobreza que golpea al 37,7% de la población y estanterías vacías por la escasez de combustibles y alimentos. La magnitud de la crisis exige un liderazgo que vaya más allá de promesas de campaña o discursos confrontacionales. Se necesita un presidente capaz de combinar técnica económica con empatía social, firmeza política con transparencia, y visión de largo plazo con medidas inmediatas, dice el economista Rafael Gutierrez.
El primer ingrediente de esta receta es la visión estratégica con diagnóstico realista. No basta culpar al pasado ni disfrazar cifras: el próximo presidente deberá reconocer que la dependencia de hidrocarburos ya es insostenible y que la inflación erosiona el bolsillo popular. Ajustar gradualmente el tipo de cambio, proteger a los más pobres y convertir el litio en motor de exportaciones son tareas inmediatas.
El segundo ingrediente es la capacidad de construir consensos. Bolivia no resiste más gobiernos que gobiernen para “su mitad del país”. El nuevo líder tendrá que negociar con un Congreso fragmentado, dialogar con sindicatos, empresarios y comunidades indígenas, y evitar que el descontento social se traduzca en bloqueos que ahogan la economía.
El tercer ingrediente es la comunicación clara y empática. Explicar por qué se recortan subsidios o se buscan créditos internacionales es tan importante como aplicar la medida misma. Los bolivianos, sobre todo los más pobres, necesitan sentir que las reformas no son recetas impuestas desde un escritorio, sino caminos que buscan su bienestar a largo plazo.
A ello se suma la competencia técnica para negociar con el mundo. Bolivia deberá sentarse con el FMI, con China, con Estados Unidos y con la Unión Europea para conseguir oxígeno financiero y atraer inversiones. Pero esas negociaciones solo serán fructíferas si van de la mano de transparencia y lucha contra la corrupción, condiciones mínimas para recuperar la confianza ciudadana y abrir puertas internacionales.
Finalmente, la receta debe tener un ingrediente de futuro: la diversificación. Apostar al litio sin educación, innovación y empleos sostenibles solo repetirá el error de depender del gas. Invertir en energías renovables, agricultura y talento joven será clave para salir del círculo de crisis recurrentes.
En la boleta del 19 de octubre aparecen dos nombres: Rodrigo Paz Pereira y Jorge “Tuto” Quiroga. El primero ofrece cercanía y capacidad de tender puentes, aunque necesitará un equipo técnico de peso. El segundo ofrece experiencia internacional y solvencia económica, aunque corre el riesgo de acentuar la polarización.
Más allá de los candidatos, la verdadera pregunta es qué presidente necesitan los bolivianos en este momento: uno que combine técnica con empatía, firmeza con transparencia, y que, sobre todo, entienda que gobernar un país en crisis no es administrar números, sino construir confianza social para levantar a Bolivia de pie.
Redaccion central La Paz
