El decreto presidencial que reestructura la Vicepresidencia no elimina el cargo —que tiene rango constitucional—, pero sí redefine su aparato administrativo, presupuesto y dependencia operativa. La lectura oficial habla de eficiencia y adecuación a las funciones establecidas en la Constitución. Sin embargo, en términos políticos, el efecto es claro: la figura del vicepresidente queda acotada a un rol más protocolar y legislativo, sin músculo institucional propio.
En ese contexto surge la metáfora que circula en redes y pasillos políticos: que Lara quedó con “un escritorio, una silla y a Vidovic como asistente”. No es una descripción literal del decreto, sino una forma gráfica de señalar la pérdida de estructura y poder interno. La frase, más allá del humor, refleja la tensión entre ambos liderazgos y la decisión de Paz de centralizar el control del Ejecutivo en la Casa Grande.
Pero mientras el Ejecutivo reorganiza puertas adentro, la arena legislativa será otra historia. El economista Gonzalo Chávez advirtió que la “luna de miel” del gobierno ha terminado. Según su análisis, gobernar por decreto tiene límites: para reformas estructurales —como la tributaria— se necesita construir gobernabilidad en la Asamblea. El crédito político inicial se agota y ahora empieza la fase más compleja: la negociación.
El primer proyecto de ley de carácter tributario enviado por el Ejecutivo —centrado en transparencia, alivio fiscal y ajustes al régimen impositivo— será la prueba de fuego. Si Paz logra articular acuerdos con bancadas diversas, consolidará liderazgo y mostrará capacidad de gestión política. Si fracasa, la narrativa de un presidente fuerte en decretos pero débil en consensos podría instalarse con rapidez.
Por: Equipo de redacción
