El debate suele caer rápidamente en comparaciones: privadas con mallas débiles frente a públicas atrapadas en burocracia y política. Pero el problema de fondo es más profundo y transversal.
Por un lado, está la desconexión entre avance tecnológico y contenido académico.
Mientras el mundo avanza hacia la digitalización, la inteligencia artificial y nuevas formas de producción, muchas carreras siguen ancladas en programas desactualizados. No es un fenómeno aislado: se percibe tanto en universidades privadas como en instituciones emblemáticas como la Universidad Mayor de San Simón o la Universidad Mayor de San Andrés, donde conviven esfuerzos de modernización con estructuras rígidas que frenan cambios reales.
A esto se suma otro elemento sensible: la politización en el sistema público. La universidad, históricamente un espacio de debate y pensamiento crítico, ha visto cómo en algunos casos la lógica de poder desplaza a la académica. La percepción ciudadana —no siempre justa, pero persistente— habla de “reciclaje” de figuras políticas y permanencias prolongadas sin evaluación rigurosa. El resultado es una erosión de confianza que golpea directamente al prestigio institucional.
Sin embargo, sería un error caer en el simplismo. Como bien se diría en tono televisivo al estilo de Don Francisco, no se puede generalizar. Existen docentes altamente capacitados, estudiantes competitivos y espacios académicos que sí están a la altura. El problema es que esos casos no logran cambiar la percepción dominante.
Y esa percepción tiene consecuencias. Cuando la sociedad empieza a dudar del valor real de un título profesional, lo que está en juego no es solo la educación, sino la productividad, la innovación y el futuro económico del país.
Por Equipo de redacción
