El dato más relevante no es cuánto debe Bolivia, sino a quién le debe. Casi el 76% de la deuda está en manos de organismos multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo, la CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe y el Banco Mundial. Esto es, en principio, una buena noticia: son préstamos con tasas más bajas y plazos largos.
Sin embargo, esta “comodidad” tiene un costo: dependencia. Si Bolivia pierde credibilidad o empeoran sus indicadores, estos organismos pueden restringir o condicionar nuevos créditos, dejando al país con menos opciones.
Por otro lado, la deuda bilateral —que representa el 14%— está fuertemente concentrada en China, que acumula más de la mitad de ese segmento. Esta concentración no solo es financiera, sino también geopolítica, ya que puede implicar compromisos atados a proyectos o condiciones específicas.
Otro punto clave es lo que no aparece: Bolivia casi no accede a los mercados internacionales. Solo el 9,6% corresponde a bonos o títulos de deuda. Y el financiamiento privado es prácticamente inexistente. Esto refleja un problema de fondo: el país tiene acceso limitado a capital externo más competitivo, lo que reduce su margen de maniobra en momentos críticos.
En términos simples: Bolivia no está ahogada por su deuda, pero tampoco tiene muchas puertas abiertas si necesita más dinero.
Por Equipo de redacción
