Eran las once de la mañana cuando el restaurante de cevichería de Juan apenas abría sus puertas. Como cada día, el dueño aprovechaba los primeros minutos para conversar con sus visitantes. Esa mañana llegó Andrés, su amigo de siempre, con un saludo efusivo desde la entrada y el pedido inmediato de una sopita de pescado.
Mientras la cocina se preparaba, la conversación no tardó en virar hacia la política. “Qué grave está la corrupción, ¿no?”, lanzó Juan, reflejando lo que muchos empresarios pequeños sienten. Andrés no dudó en responder: “Sí, una barbaridad. Todo es robo: en la Policía, en la Alcaldía, en impuestos… No sé si Rodrigo Paz o Quiroga podrán luchar contra eso, ya es el colmo”.
El dueño del local asintió con resignación. “Sí, hermano, está grave. Los que tenemos negocios formales estamos fregados. Viene la Alcaldía, impuestos, trabajo… ufff”, suspiró antes de continuar con la jornada.
De esa charla sencilla, casi casual, se desprende un mensaje potente: en Cochabamba, como en gran parte de Bolivia, lo primero que la gente pide no es un nuevo proyecto económico ni grandes promesas de industrialización, sino un freno real a la corrupción. La preocupación ya no solo se escucha en debates políticos, sino en las mesas populares, donde la voz del ciudadano resume una demanda urgente: limpiar las instituciones para aliviar el día a día de quienes producen y trabajan en la formalidad.
Redaccion central Cochabamba
