Hasta hace poco, el plátano era la fruta democrática de los bolivianos: nutritiva, abundante y sobre todo barata. Pero hoy su precio rompe la barrera psicológica del boliviano por unidad, un golpe duro para las familias que buscaban en él un alivio frente al alza de otros productos.
En los mercados de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, las vendedoras coinciden en la explicación: la mayor parte de la producción está saliendo al exterior, donde se paga más, y lo que queda para el consumo interno es de menor calidad. “Se están llevando lo bueno, y acá queda lo de segunda”, repiten con frustración las caseritas.
El problema desnuda una vieja contradicción de la economía boliviana: mientras el discurso oficial habla de garantizar la seguridad alimentaria, en la práctica el mercado se impone y prioriza la exportación. Para los defensores del libre comercio, esto significa ingresos y divisas; pero para las familias de ingresos bajos, significa pagar más por un alimento básico que solía ser parte cotidiana de la dieta.
El caso del plátano refleja cómo la falta de mecanismos de regulación termina castigando al consumidor local. En otros países se aplican cupos o reservas para asegurar el abastecimiento interno antes de autorizar exportaciones. En Bolivia, en cambio, este debate sigue pendiente, mientras el plátano —símbolo de la mesa popular— deja de ser un derecho al alcance de todos y se convierte en un lujo que cuesta más de lo que debería.
Redacción central Cochabamba
