Las declaraciones del presidente del Banco Central de Bolivia (BCB), David Espinoza, introdujeron un matiz que parece haber pasado desapercibido: por primera vez, la autoridad monetaria planteó públicamente que el oro resguardado en el BCB podría ser analizado para su eventual uso futuro, dependiendo de las necesidades del país y del comportamiento del modelo económico.
Aunque Espinoza no habló de un proyecto de Ley ni de una reforma en curso, sí dejó abierta la puerta para que, si en algún momento se evalúa necesario, el Gobierno y la Asamblea Legislativa Plurinacional podrían revisar el marco normativo que actualmente restringe la movilización de parte de esas reservas. Y ese solo hecho —plantear el tema como posibilidad— es un giro discursivo significativo en la política monetaria.
La clave del debate no está únicamente en la técnica, sino en la percepción social. Para una parte importante de la población, “tocar el oro” equivale a gastar el último ahorro del país, la reserva más simbólica y sensible. Esa narrativa popular, arraigada por años de desconfianza institucional, es el primer obstáculo real para cualquier discusión futura sobre el uso del oro, incluso si se argumenta que sería bajo condiciones estrictas.
Por eso, la eventual revisión legal —si se diera— necesitará algo más que votos en la ALP: requerirá transparencia, auditorías externas y un relato convincente sobre el destino, los límites y los controles del oro. De lo contrario, cualquier intento será leído como un riesgo para el patrimonio nacional. Lo que el BCB sugirió hoy no es que se usará el oro, sino que el país debe prepararse para debatirlo con datos, no con miedo.
Redacción central La Paz
