Mientras el reloj avance hacia la medianoche, miles de hogares bolivianos repetirán esas escenas que parecen heredarse con la misma naturalidad que los apellidos. En la mesa no faltarán las doce uvas, símbolo de deseos y metas cumplidas, una práctica que combina superstición y esperanza, y que muchos creen indispensable para empezar el 2026 con buena energía.
Otros, más aventureros, apostarán por el ritual más pintoresco de todos: salir corriendo con maletas alrededor de la cuadra para atraer viajes en el nuevo año. A veces basta una vuelta a la manzana; otras, los más entusiastas cruzan la avenida como si ya estuvieran rumbo al aeropuerto. Es una de las tradiciones que más caracteriza al humor y la picardía boliviana durante la medianoche.
No faltarán, además, los clásicos infaltables: la ropa interior amarilla para atraer prosperidad, el rojo para el amor, la quema de muñecos de año viejo como acto simbólico para dejar atrás las malas experiencias, o la mesa de ofrendas que algunas familias preparan para la buena fortuna. A ello se suman rituales andinos que combinan hojas de coca, sahumerio y agradecimientos a la Pachamama, recordando la fuerza de las raíces indígenas en el país.
Incluso en un contexto de tensiones políticas y económicas, estas tradiciones funcionan como un paréntesis emocional. Son un recordatorio de que, más allá de disputas y crisis, el pueblo boliviano se aferra a sus símbolos de esperanza, que se renuevan año tras año con la misma fuerza que las primeras campanadas.
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Redacción central Cochabamba
