El reciente pronunciamiento del ejecutivo del Magisterio Urbano de La Paz, Gerardo Bustamante, que atribuye las debilidades en lectura, comprensión y razonamiento lógico de los bachilleres a la Ley 070 Avelino Siñani–Elizardo Pérez, reactivó una discusión de fondo sobre la calidad educativa en Bolivia. Sin embargo, reducir el problema únicamente al marco normativo puede invisibilizar una transformación más profunda: el cambio radical en la forma en que las nuevas generaciones aprenden, procesan información y se relacionan con el conocimiento en un entorno dominado por la tecnología digital.
Hoy, antes de ingresar a la edad escolar, muchos niños ya manejan dispositivos móviles, desarrollan habilidades intuitivas de navegación, memoria visual y resolución de problemas a través del juego digital, dice Genero Flores pedagogo. Este aprendizaje temprano, no lineal y altamente interactivo, contrasta con un modelo educativo que aún prioriza la memorización, la evaluación repetitiva y la transmisión vertical del conocimiento. La brecha entre estudiantes digitales y un sistema analógico se traduce en desmotivación, bajo rendimiento y una desconexión creciente entre escuela y realidad.
La paradoja también se reproduce en la educación superior. En universidades públicas y privadas, una parte importante del cuerpo docente enfrenta dificultades para incorporar herramientas tecnológicas, metodologías activas y entornos virtuales de aprendizaje, señala Flores. La resistencia al cambio, sumada a una limitada formación continua, genera un desfase entre la velocidad del mundo digital y la lentitud institucional. El resultado es un ecosistema educativo que prepara a los jóvenes para un mercado laboral que ya no existe o que evoluciona más rápido de lo que el aula puede adaptarse.
En este contexto, el debate educativo en Bolivia debería desplazarse de la confrontación ideológica hacia una discusión estratégica: cómo modernizar el sistema educativo, fortalecer la formación docente, integrar la tecnología con criterio pedagógico y desarrollar habilidades críticas, científicas y digitales desde la infancia. Más que una disputa entre leyes o modelos políticos, el desafío es cerrar una brecha estructural que condiciona la competitividad del país, la calidad del capital humano y la capacidad de las nuevas generaciones para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y tecnológico.
Redacción central La Paz
