“Ya se siente el Carnaval”, dice Arauz mientras enumera paradas obligadas para quienes saben que la fiesta también entra por el estómago. En pleno centro, la pierna de cordero del tradicional Bon Bar, en la calle Cochabamba, se convierte en punto de encuentro de parroquianos, músicos y danzarines que comienzan a calentar motores.
A pocos metros, en la plaza Dalence, La Ranchería ofrece choricitos de llama que ya son parte del ritual dominical. Para Arauz, estos espacios no solo venden comida: sostienen una cultura urbana que acompaña al Carnaval desde siempre, donde compartir un plato es tan importante como el primer ensayo.
La ruta gastronómica se extiende hacia el barrio Jardín, donde el charque de llama de Doña Elena mantiene viva una receta que pasa de generación en generación. “Esto es Oruro”, comenta Arauz, “cocina sencilla, contundente y con identidad”, en un contexto donde lo popular vuelve a ocupar el centro de la escena.
En la antesala del Carnaval 2026, estas delicias reflejan algo más profundo: la ciudad empieza a latir distinto. Oruro se prepara no solo para recibir visitantes, sino para reafirmar lo que es. Entre platos, barrios y tradición, la cocina popular se convierte en el primer anuncio de que la fiesta más grande del país ya está en marcha.
Juan Chimba para CalleBolivia
