En el ranking 2026 de América y el Caribe, Bolivia se ubica en la parte media-baja, lejos de las democracias consolidadas como Canadá, Uruguay o Costa Rica. El color amarillo que la identifica no es casual: refleja un sistema donde existen elecciones y estructuras formales, pero con debilidades persistentes en la institucionalidad, la independencia de poderes y la confianza pública.
El concepto de “régimen híbrido” describe países que oscilan entre prácticas democráticas y fallas estructurales. En este escenario, Bolivia comparte espacio con varias naciones de la región que enfrentan tensiones políticas, polarización y cuestionamientos a la calidad de sus instituciones. No está en el grupo más crítico —donde aparecen Venezuela, Cuba y Nicaragua— pero tampoco logra acercarse a estándares más sólidos.

El semáforo amarillo, en términos prácticos, significa “cuidado”. Es una señal de que el sistema democrático funciona, pero con grietas que pueden ampliarse si no se corrigen. La advertencia no es menor: los países en esta categoría pueden avanzar hacia una democracia más robusta o, por el contrario, retroceder hacia esquemas más restrictivos.
En Bolivia, factores como la desconfianza institucional, los conflictos políticos recurrentes y la percepción de debilidad en el estado de derecho pesan en la evaluación. El índice no mide solo elecciones, sino también libertades civiles, cultura política y funcionamiento del gobierno, variables donde el país aún muestra rezagos.
Por Equipo de redacción
