Desde el Harvard Growth Lab, Hausmann impulsa el llamado “diagnóstico de crecimiento”, un método que busca identificar los principales cuellos de botella que frenan la economía. En el papel, suena razonable: no todo está mal, hay que priorizar. Sin embargo, el problema no es el método, sino su aterrizaje. Bolivia no es un laboratorio ni una hoja de cálculo; es un país atravesado por informalidad, desigualdades regionales y una historia económica marcada por decisiones políticas que no pueden reducirse a “candados” o “distorsiones”.
Hablar de ajuste del gasto en abstracto ignora que detrás de cada cifra hay subsidios sensibles, empleo público y estabilidad social. Proponer apertura de sectores sin reconocer las tensiones entre Estado y mercado en Bolivia es desconocer que muchas de esas “restricciones” fueron respuestas a crisis pasadas y a demandas de soberanía económica. La estabilidad macroeconómica, por su parte, es un objetivo indiscutible, pero no un fin en sí mismo si no se traduce en bienestar tangible.
El riesgo de este tipo de enfoques es repetir un patrón conocido: expertos internacionales que llegan con diagnósticos técnicamente sólidos, pero políticamente desconectados. No porque estén equivocados en los datos, sino porque subestiman la complejidad de implementarlos. La economía no se reforma solo con evidencia, sino con legitimidad social. Y ahí es donde muchos de estos planteamientos terminan chocando con la realidad.
Bolivia no necesita recetas importadas, sino soluciones construidas desde dentro. Los diagnósticos externos pueden aportar, sí, pero solo si se someten al contraste con quienes viven la economía día a día: productores, trabajadores, regiones. Sin ese diálogo, cualquier “giro económico” corre el riesgo de quedarse en un documento más, técnicamente impecable y políticamente inviable.
Por Equipo de redacción
