Montaño oficializó su salida señalando problemas de coordinación con el Ministerio de Gobierno, cartera de la que depende directamente el Viceministerio. Aunque evitó confrontaciones abiertas, su declaración es significativa: reconoce que el engranaje institucional encargado de garantizar la seguridad no está funcionando de manera óptima.
El exviceministro también subrayó que su designación fue por invitación y agradeció la confianza, en un tono diplomático que busca cerrar el ciclo sin escalar el conflicto. Sin embargo, el trasfondo es claro: las diferencias internas afectaron la gestión en un área crítica.
Este episodio ocurre en un momento delicado. La seguridad ciudadana es uno de los temas más sensibles para la población, y cualquier señal de descoordinación en la estructura estatal genera preocupación. La salida de Montaño, lejos de ser un hecho aislado, se suma a una serie de movimientos dentro del gobierno de Rodrigo Paz Pereira, que reflejan un proceso de ajuste aún en desarrollo.
Más allá de las formas, el dato central es contundente: si la coordinación falla en el nivel político, la ejecución en territorio también se resiente. Y eso tiene impacto directo en la capacidad del Estado para responder a la inseguridad.
La renuncia deja instalada una señal de alerta: la seguridad interna no solo depende de recursos o planes, sino de liderazgo y articulación efectiva. Sin ello, cualquier estrategia queda debilitada desde su origen.
Por Equipo de redacción
