El cargo en disputa es el más alto del sistema multilateral. La sucesión de António Guterres no se decide en una jornada electoral tradicional, sino en un proceso de negociaciones dentro del Consejo de Seguridad y posterior validación en la Asamblea General.
Aunque no hay una fecha cerrada, el consenso suele alcanzarse hacia el último trimestre del año, con asunción el 1 de enero de 2027.
Bachelet llega con una ventaja competitiva clara: experiencia directa en la ONU como Alta Comisionada de Derechos Humanos y dos veces jefa de Estado. Ese perfil la instala como una de las figuras latinoamericanas con mayor proyección global, además de alinearse con una demanda creciente: que una mujer lidere por primera vez la organización.
En términos de apoyos, su candidatura podría articular respaldo en América Latina, especialmente en países como Brasil, Colombia y México, además de sectores en Europa Occidental. No obstante, el verdadero filtro está en las grandes potencias con poder de veto —Estados Unidos, China y Rusia—, donde se define la viabilidad real de cualquier candidatura.
El retiro de Kast no bloquea su postulación, pero sí debilita un elemento simbólico clave: el respaldo transversal de su país. En este tipo de procesos, los candidatos que logran proyectarse como una carta nacional unificada suelen tener mayor fuerza negociadora en el escenario internacional.
Para América Latina, su eventual elección implicaría recuperar peso político global en un momento de fragmentación. Pero ese objetivo depende de algo que hoy no está garantizado: la capacidad de la región de alinearse detrás de una sola figura.
Por Equipo de redacción
