Dom. Ago 16th, 2026

El precio de la crisis: un pan para calmar el hambre y cinco amarros de limón para sobrevivir

La mañana de este lunes, en la avenida Oquendo y Venezuela de Cochabamba, CalleBolivia encontró una escena que difícilmente aparece en los discursos oficiales sobre la economía: una persona adulta mayor sentada en la acera, con unos pocos limones y dulces a la espera de compradores, mientras a su lado un pequeño canasto guarda lo poco que tiene para intentar ganarse el día. Alguien le regaló tres panes y uno ya se lo había comido. Se dice que el pan blanco no es lo más recomendable para la salud, pero frente a esta escena esa discusión parece lejana: para quien tiene hambre, el pan no es una estadística nutricional, es comida. Y mientras en oficinas públicas y privadas se habla de inflación, precios, dólar y economía, en la calle hay personas para quienes la crisis se reduce a una pregunta mucho más sencilla y urgente: ¿alcanzará lo que logre vender hoy para comer?

La escena parece sencilla, pero dice mucho. Cinco amarros de limón, algunos dulces y un pequeño canasto son todo el capital disponible para intentar conseguir unas monedas durante la jornada. No hay grandes transacciones ni cifras millonarias. Hay una persona que necesita vender para poder comer.

En medio de la conversación cotidiana sobre el aumento de precios, el tipo de cambio, los combustibles y el costo de vida, existe otra economía que no aparece con la misma frecuencia en los informes: la de quienes deben decidir cada día qué comprar y qué dejar para después porque el dinero simplemente no alcanza.

La imagen adquiere todavía más fuerza por un detalle: alguien le dio tres panes y uno ya había sido comido. No hace falta construir un discurso alrededor de ello. Ese pan es, en ese momento, mucho más que un alimento. Es la posibilidad de apagar el hambre.

Se suele hablar del pan blanco desde la perspectiva de la nutrición y de lo que conviene o no consumir. Pero para quien enfrenta una jornada sin saber cuánto podrá vender, esa discusión puede parecer distante. Cuando el hambre aprieta, el pan no es una estadística ni una recomendación: es comida.

Y ahí aparece la dimensión más dura del encarecimiento de la vida. Cuando los precios suben, no todos tienen las mismas posibilidades de adaptarse. Hay quienes pueden reducir gastos, esperar, sustituir productos o utilizar ahorros. Para otros, cualquier incremento termina afectando directamente la comida del día.

La economía también se mide así: en lo que una persona puede llevarse a la boca después de una jornada de trabajo, en lo que logra vender desde una acera y en cuántos panes puede comprar con lo que consiguió.

La escena de Oquendo y Venezuela deja una pregunta que debería atravesar cualquier discusión sobre la crisis económica: ¿qué significa realmente que suban los precios para quienes viven al límite de sus ingresos?

Porque la crisis no siempre aparece en una gráfica. A veces se sienta en una acera, acomoda unos cuantos limones y espera que alguien compre.

Por Equipo de redacción

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