Mar. Ago 18th, 2026

Diésel: Bolivia necesita dejar de apagar incendios y diseñar su futuro energético

El debate abierto por el nuevo precio referencial del diésel no debería terminar en Bs 18, en cuánto ahorra el Estado o en cuánto dejará de endeudarse para importar carburantes. La discusión de fondo es otra: ¿hasta cuándo Bolivia seguirá dependiendo del diésel? La advertencia de Raúl Velásquez, de Fundación Jubileo, sobre la necesidad de sincerar los precios y evitar mayor endeudamiento puede ser el punto de partida para una discusión que el país viene postergando: diseñar una estrategia energética de largo plazo y comenzar a sustituir progresivamente los combustibles fósiles por alternativas más limpias y sostenibles.

El ajuste del precio del diésel puede corregir una distorsión: durante años el Estado sostuvo un precio subsidiado mientras aumentaba la necesidad de importar combustibles y disminuían las divisas disponibles. Evitar ese costo puede aliviar las cuentas públicas y reducir la presión para buscar nuevo financiamiento.

Pero ahorrar recursos o dejar de prestarse dinero no equivale a resolver el problema energético. Bolivia puede gastar menos en subsidios y continuar exactamente igual de dependiente del diésel importado.

Ahí aparece la pregunta que se escucha en la calle: ¿por qué el país sigue pensando solamente en el parche de hoy y no en la energía que necesitará dentro de diez, quince o veinte años?

Una política energética seria debería comenzar a diseñar esa transición ahora. No significa eliminar de golpe el diésel ni desconocer las limitaciones tecnológicas del transporte pesado, la agricultura o la industria. Significa establecer una estrategia gradual para que cada sector pueda incorporar alternativas cuando sean técnica y económicamente viables.

Eso supone desarrollar generación solar y eólica, avanzar en la electrificación del transporte donde sea posible, fortalecer los biocombustibles y evaluar otras tecnologías que permitan reducir progresivamente la dependencia de los combustibles fósiles.

También implica algo que suele quedar fuera del debate: crear infraestructura, inversión, regulación y conocimiento nacional para que esa transición sea posible. No basta con anunciar energías alternativas; hay que construir las condiciones para producirlas, almacenarlas, distribuirlas y utilizarlas.

El debate sobre el diésel, por tanto, puede convertirse en una oportunidad. Bolivia está enfrentando una restricción de divisas, una elevada dependencia de combustibles importados y una crisis del modelo de subvención. Resolver la emergencia es indispensable, pero quedarse únicamente en el precio sería volver a administrar el problema.

Por Equipo de redacción

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