Sáb. Sep 12th, 2026

El chicle que Paz solo mostró y nunca saboreó: Ahora la realidad le pasa factura

Rodrigo Paz sacó un chicle cuando en campaña le preguntaron cuál era su visión de país. Diez meses después, el senador Leonardo Roca rescata aquella escena y la convierte en una de las críticas más duras contra el Gobierno: el chicle se acabó, el sabor de la promesa también, y Bolivia sigue esperando respuestas frente al combustible, la economía, el centralismo y la inseguridad. La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿qué quedó de aquella visión de país cuando terminó la campaña?

Roca no critica el chicle. Critica lo que, según él, representa. En aquella ocasión, Paz contó que una niña de ocho años, Ana, le había regalado el chicle en Trinidad, Beni, como su aporte a la campaña. El gesto tenía una carga emocional evidente. Pero para el senador, aquello fue también una oportunidad perdida para responder qué país pretendía construir al terminar su mandato.

Diez meses después, la escena vuelve convertida en metáfora. Roca sostiene que la gestión de Paz habría mantenido la lógica de la puesta en escena por encima de la respuesta concreta. Y para sostener su crítica enumera los problemas que siguen golpeando al país: las filas por combustible, la controversia por la gasolina contaminada, la crisis económica, la censura al ministro de Economía, el centralismo y los conflictos regionales, además de las denuncias y controversias que rodean a Fernando Cerimedo y su presunta influencia en el entorno presidencial.

Ahí aparece la parte más política del mensaje. Roca vincula la gestión con la frase atribuida a Cerimedo en uno de los audios difundidos durante la controversia: “todo hay que hacerlo teatro”. La acusación, por supuesto, pertenece al terreno político y deberá contrastarse con los hechos. Pero como recurso discursivo es potente: intenta pintar una Presidencia donde el relato ocupa el escenario mientras los problemas reales esperan detrás del telón.

Y Bolivia no vive detrás de un telón. Vive en las filas de los surtidores, en el precio de los alimentos, en la búsqueda de dólares, en el transporte que necesita combustible, en las regiones que reclaman mayor capacidad para administrar sus propios recursos y en una ciudadanía que cada día mide al Gobierno menos por sus discursos y más por lo que consigue resolver.

Por eso la metáfora del chicle funciona. Un chicle puede ser dulce, llamar la atención y hasta despertar simpatía. Pero si se mastica demasiado, pierde el sabor. Y cuando llega ese momento, queda la envoltura.

Ese es precisamente el punto al que quiere llevar Roca su crítica: diez meses después, ¿cuánto queda de la promesa y cuánto de la puesta en escena?

Paz todavía tiene tiempo para responder con gestión. Pero el reloj político corre y la paciencia ciudadana también. En un país en crisis, la emoción puede abrir una puerta, pero no puede gobernar por sí sola.

El chicle se acabó. El sabor de la campaña también. Lo que no se acaba es la espera de una Bolivia que quiere respuestas.

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Por Equipo de redacción

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