La diferencia puede parecer pequeña, pero tiene un significado cotidiano. La botella retornable pasó de Bs 12 a Bs 13 según el precio observado en la calle, mientras la no retornable puede alcanzar los Bs 20. Para una familia que compra ocasionalmente una gaseosa quizá sea apenas un boliviano; para quienes tienen que multiplicar cada gasto por varios productos y varias veces al mes, esos pequeños incrementos comienzan a cambiar las decisiones de consumo.
Y ahí aparece una escena muy boliviana: en lugar de la gaseosa, volver a preparar en casa el refresco de cebada o el mocochinchi, ese durazno deshidratado que se hidrata y se convierte en una bebida tradicional. No necesita publicidad, envase sofisticado ni cadena de distribución: necesita agua, algunos ingredientes y la receta que todavía sobrevive en la memoria de las abuelas.
La comparación tiene su picantito: mientras una gaseosa industrial suma un boliviano a su precio, la cocina de la abuela vuelve a ganar terreno por una razón bastante menos romántica que la nostalgia: el bolsillo manda. Y quizá por eso el mocochinchi y la cebada vuelven a aparecer en la conversación familiar como una alternativa más económica para acompañar el almuerzo.
La leche, por su parte, mantiene un precio observado de alrededor de Bs 10 por litro, aunque algunos consumidores cuestionan su consistencia y dicen coloquialmente que está “aguada”. Esa percepción debe quedarse como lo que es —una apreciación del consumidor— y no como una afirmación sobre la calidad del producto sin un análisis que la respalde.
Al final, la historia no es que un boliviano más vaya a cambiar la economía del país. La historia es otra: cuando el presupuesto familiar empieza a sentirse, los productos que parecían pequeños también pasan por la lupa del bolsillo. Y en Bolivia, cuando aprieta la billetera, siempre aparece alguna receta de la abuela para darle una mano. Esta vez, con cebada o mocochinchi en la jarra y la Coca-Cola mirando desde la tienda.
Por Equipo de redacción
