En septiembre, entre los productos y servicios que más subieron aparecen el tomate, las bebidas gaseosas, la papa, el transporte en micro, bus o colectivo, los teléfonos celulares y la cebolla.
Al mismo tiempo, el promedio fue contenido por descensos registrados en productos como el pollo, el protector solar, el ladrillo de seis huecos, la crema para la piel, los quesos y el brasier o sostén.
No se trata de afirmar que esas variaciones sean falsas. El punto es otro: no todos los precios tienen el mismo significado para el bolsillo ni todos los hogares consumen la canasta de la misma manera.
Una familia que destina la mayor parte de sus ingresos a alimentos, transporte y servicios básicos siente de inmediato una subida en la papa, el tomate, la cebolla o los pasajes.
Una reducción en el precio de un producto de compra ocasional puede mejorar el promedio estadístico, pero difícilmente compensa el golpe de aquello que una familia necesita comprar cada día o cada semana.
Ahí aparece la diferencia entre la inflación que registra el promedio y la inflación que enfrenta la calle.
Si, como señalan los datos disponibles, una parte importante de los hogares destina entre 70% y 90% de sus ingresos a alimentos y uno de cada tres habría reducido la cantidad de comidas diarias, entonces el debate no puede agotarse en celebrar que el índice sea moderado.
El INE y los analistas tienen un desafío: explicar no solamente cuánto subieron los precios, sino qué precios subieron, cuánto pesan en el presupuesto familiar y qué inflación está enfrentando realmente cada segmento de la población.
Porque el promedio es útil para medir. Pero cuando se trata de entender la economía de una familia, la pregunta decisiva no es cuánto subió la canasta estadística, sino cuánto perdió capacidad de compra el salario frente a lo que esa familia necesita consumir.
Una cifra puede ser correcta y, al mismo tiempo, resultar insuficiente para explicar una realidad.
Por Equipo de redacción
