La reciente declaración del vocal del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Francisco «Tahuichi» Vargas en una red televisiva de Bolivia, ha encendido un amplio rechazo luego de referirse de forma despectiva al trabajo fuera del Estado. “Dentro de poco voy a terminar mi mandato y voy a pasar a la cochina calle”, dijo en una entrevista, dejando entrever que el empleo estatal sería, para Tahuchi, la única forma digna de trabajo.
La frase no solo generó molestia entre emprendedores, trabajadores independientes y defensores de la economía privada, sino que también reveló una peligrosa mentalidad: la de considerar que el sector público está por encima del esfuerzo que miles de bolivianos realizan cada día en las calles, mercados, talleres o pequeñas empresas.
La periodista Claudia Soruco sintetizó el sentimiento de repudio con contundencia: “Caes mal, Tahuichi”, señalando el desprecio implícito en las palabras del vocal electoral. Por su parte, el comunicador social José Luis Almanza recordó con tono reflexivo: “Hace unos 6 años que estamos en la ‘cochina calle’ muchos bolivianos, más de 350.000, pero nos la ingeniamos, señguimos adelante, con algo de ingenio y solidaridad”.
El analista Alain Canedo fue más allá, calificando la frase como el síntoma de una visión retrógrada: “La ‘cochina calle’ es el desprecio al emprendedor, a toda actividad privada, donde se requiere trabajo duro y conocimiento; algo que no tienen y espanta a estos políticos disfrazados de autoridades”.
Las declaraciones de Vargas han desatado un debate urgente: ¿cuál es la visión que tienen los funcionarios públicos sobre el trabajo que se realiza fuera de sus oficinas? ¿Es posible construir políticas justas cuando se desprecia a quienes emprenden, innovan y arriesgan desde el sector privado?
La ironía del momento es evidente. En pocos meses, Tahuichi Vargas será parte de esa “cochina calle” que tanto despreció, al dejar su función como vocal del TSE. Lo que para muchos es un espacio de dignidad, creatividad y lucha, para Tahuchi parece ser sinónimo de marginalidad.
La controversia trasciende lo anecdótico: es un reflejo de una cultura institucional que todavía prioriza el aparato estatal por encima del dinamismo y sacrificio del emprendimiento. En tiempos de crisis económica y desempleo, esta visión no solo es injusta, sino peligrosa.
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