En abril de 1995, un joven Rodrigo Paz Pereira era entrevistado por la periodista cruceña Beatriz Araúz para la revista de Multivisión. Tenía 27 años, acababa de graduarse en Relaciones Internacionales y Economía en Estados Unidos y aún no contemplaba la política como profesión. Había recorrido el país por tierra junto a su hermano Jaimiño, trabajaba en una empresa productiva y disfrutaba de la lectura, el cine, el folklore, la noche y el silencio. Le molestaban profundamente la injusticia, la prepotencia, la mentira y la falta de solidaridad. Ese retrato íntimo mostraba a un joven más conectado a la vida cotidiana del país que a las dinámicas del poder.
Treinta años después, ese mismo joven es hoy el presidente de Bolivia y enfrenta uno de los desafíos más complejos de los últimos tiempos: reconstruir confianza en las instituciones, ordenar la administración pública, modernizar el Estado y contener la polarización política. La Bolivia de 2025 es muy distinta a la que conoció en sus viajes noventeros, pero esos recorridos parecen haberle dejado una mirada amplia, territorial y sensible a las realidades diversas del país, reflejada ahora en su estilo de conducción.
La distancia entre aquel joven que huía de la prepotencia y el abuso y el presidente que debe lidiar con tensiones, discursos cruzados y expectativas elevadas crea un contraste inevitable. La entrevista de 1995 revela rasgos que hoy pueden leerse como el origen de algunas de sus convicciones: orden, meritocracia, rechazo a los excesos de poder y búsqueda de una cultura más colaborativa. Sin embargo, ejercer la presidencia exige decisiones que inevitablemente ponen a prueba esas convicciones juveniles.
Mirar a Rodrigo Paz desde ese doble tiempo —el joven que caminaba Bolivia y el mandatario que intenta reencauzarla— permite entender mejor su proyecto político. Su historia personal, rescatada hoy desde una fuente de época, muestra que no nació como político profesional, sino como un boliviano inquieto, sensible y crítico que con los años terminó asumiendo el mayor reto de su vida: gobernar un país que exige reformas profundas y un liderazgo capaz de unir, no dividir.
Redacción central Cochabamba
