La eliminación del Ministerio de Planificación puede parecer, en principio, coherente con la promesa de Paz de reducir el tamaño del Estado. Pero Planificación no era una cartera dedicada únicamente a administrar personal o presupuesto. Su función central era articular la planificación pública, conectar las políticas de corto plazo con objetivos de mediano y largo plazo y hacer seguimiento a los programas de inversión y desarrollo.
Y aquí aparece la contradicción que merece atención. Bolivia enfrenta problemas simultáneos: escasez de dólares, presión sobre los precios, dificultades con los combustibles, déficit fiscal y una pérdida evidente del poder adquisitivo. En un escenario así, el debate no debería limitarse a cuántos ministerios tiene el Gobierno, sino a qué estructura está diseñando el programa para revertir la crisis.
El Gobierno puede argumentar que las funciones de Planificación serán absorbidas por otra instancia. Y esa será precisamente la respuesta que habrá que mirar. Porque eliminar el nombre de un ministerio no elimina las tareas que ese ministerio debía cumplir. La planificación, la evaluación de políticas, la inversión pública y la coordinación de objetivos nacionales tienen que seguir existiendo, aunque cambie la oficina responsable.
La discusión, entonces, no es si Bolivia necesita un Estado grande o pequeño. Necesita un Estado que sepa qué hacer. Reducir burocracia puede ser una decisión razonable si se traduce en menor gasto y mayor eficiencia. Pero si la reducción de estructuras no viene acompañada de un programa claro de recuperación económica, el ahorro administrativo podría terminar siendo mucho menos relevante que el vacío de conducción estratégica.
Paz ha colocado el concepto de “menos Estado” en el centro de su discurso. Ahora le toca demostrar la otra mitad de la ecuación: cómo ese Estado más pequeño va a sacar a Bolivia de una crisis que exige decisiones, coordinación y, sobre todo, un plan.
por Equipo de redacción
