Santa Cruz 01 de agosto de 2025.- El primer debate presidencial rumbo a las elecciones generales del 17 de agosto fue todo menos un espacio de propuestas. Organizado por el Tribunal Supremo Electoral en Santa Cruz, el encuentro reunió a ocho candidatos en un set televisivo con una estructura formal, pero el contenido pronto se diluyó entre alusiones personales, ataques cruzados y referencias a un pasado que sigue marcando el presente político de Bolivia.
Desde el inicio, quedó claro que el blanco sería Andrónico Rodríguez, considerado aún candidato oficialista, por su condición de heredero del MAS y su ausencia en debates ciudadanos anteriores. Aunque hizo esfuerzos por marcar distancia con Evo Morales, sus contrincantes no se lo permitieron. Jorge “Tuto” Quiroga fue el primero en tomar la ofensiva, con una retórica encendida que giró alrededor de una idea que repitió casi como eslogan: “la gastadera, el despilfarro, el saqueo institucional”. En su estilo veloz y de frases punzantes, Tuto no dejó de cargar contra los años del MAS, aunque no siempre aterrizó en propuestas concretas para enfrentar la crisis actual.
En la misma línea, Samuel Doria Medina intentó posicionarse como el empresario que puede “ordenar la casa”, pero se vio enfrentado a un momento tenso cuando el exministro de Gobierno y ahora candidato, Eduardo del Castillo, lo interpeló directamente llamándolo “Kencha”, en tono despectivo, recordando su historia empresarial y acusándolo de haberse beneficiado del poder en los años 90. El término se viralizó inmediatamente en redes, y aunque Samuel evitó engancharse con el insulto, su incomodidad fue evidente.
Manfred Reyes Villa, que abrió el debate, mantuvo un tono más institucional, destacando su experiencia y llamando a la unidad, pero su discurso fue opacado por los ataques dirigidos a otros y su poca profundidad programática. Su postura como “sabe cómo hacerlo” no alcanzó a diferenciarse en un entorno tan polarizado. Otros candidatos incluso le recordaron viejas promesas incumplidas y le achacaron su lejanía con la realidad del país.
Jhonny Fernández y Pavel Aracena, este último candidato de la alianza Libertad y Progreso – ADN, buscaron conectar con el electorado usando un lenguaje directo y apelando al ciudadano “de a pie”. Aracena, relativamente desconocido hasta hace unas semanas, intentó mostrarse como una figura nueva en contraste con los nombres ya conocidos, pero no logró diferenciarse con claridad ni profundizar en propuestas de fondo. Sus intervenciones se centraron más en cuestionamientos a la vieja clase política que en explicaciones técnicas.
Por su parte, Andrónico Rodríguez mostró un perfil mesurado, tratando de evitar el tono confrontacional, pero eso le costó presencia política. Su falta de participación en otros foros y la insistencia de sus rivales en señalarlo como continuador del modelo masista lo dejaron en una posición incómoda. Sin embargo, pese a ello, mantuvo la serenidad en sus intervenciones. Su lenguaje, sin confrontación, fue leído como mesurado en un escenario donde la agresividad fue la norma.
En resumen, el debate presidencial se convirtió en una oportunidad perdida. A pesar del formato cuidado y la expectativa pública, los candidatos priorizaron el ataque, la ironía y los calificativos por encima de los argumentos y las propuestas. Bolivia atraviesa una crisis institucional, económica y social, pero los aspirantes a la presidencia eligieron mirar por el espejo retrovisor. Mientras tanto, el ciudadano quedó expuesto a un espectáculo político sin mucho contenido, más parecido a un ring que a un foro de ideas.
Por Juan Flores para CalleBolivia.Com
Portada captura
