La Paz, 01 de agosto 2025.- La medianoche marcó el inicio del mes más importante en el calendario cívico boliviano, y el mensaje presidencial buscó encender el fervor patriótico. Luis Arce apeló a la historia, al espíritu de lucha y al orgullo de un pueblo que “nunca se rindió”. Su discurso estuvo cargado de símbolos: desde referencias a los héroes de la independencia hasta el cierre con una estrofa del Himno Nacional. Fue, en forma y fondo, un llamado emocional.
Sin embargo, lo más notorio fue lo que no se dijo. No hubo una sola línea sobre la crisis de divisas que ha paralizado importaciones, ni sobre el aumento de la deuda externa, ni sobre la creciente insatisfacción de los sectores productivos. Ni una palabra sobre el 35% de indecisos que reflejan las encuestas, ni sobre las fisuras internas que fracturan al MAS.
Tampoco hubo autocrítica. En su lugar, una evocación al Estado Plurinacional como “logro del pueblo” que debe preservarse, sin reconocer que hoy ese Estado enfrenta vacíos de liderazgo, judicialización de la política y una institucionalidad debilitada por la prórroga de magistrados.
Para muchos ciudadanos que esperaban respuestas sobre el futuro inmediato, el mensaje sonó más a consigna que a conducción. El país que Arce retrató en su alocución no pareció el mismo que lidia con la escasez de medicamentos, la fuga de capitales o la incertidumbre electoral.
El presidente habló a la emoción de los bolivianos, no a su preocupación. Y quizás esa fue su intención: ofrecer un refugio simbólico frente a un presente incierto. Pero cuando la patria tambalea, los actos de fe no reemplazan a las soluciones concretas. En este Bicentenario, Bolivia parece más necesitada de un horizonte claro que de una nueva épica.
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