El sol apenas se asoma sobre la cordillera cuando los primeros ciudadanos forman fila en las escuelas de El Alto, envueltos en chompas y bufandas para desafiar el frío. No es un domingo cualquiera: es el día en que Bolivia decide el rumbo de su historia tras casi dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS).
El aire huele a nerviosismo y a cambio. En las calles, los autos brillan por su ausencia: la restricción vehicular propia de cada elección marca un silencio inusual, apenas roto por el eco de pasos y murmullos de quienes, con cédula en mano, se acercan a depositar su voto. Algunos lo hacen con resignación, otros con ilusión, pero todos con la certeza de que el país no puede continuar indiferente frente a la crisis que lo golpea.
En la sede del Tribunal Supremo Electoral, las autoridades inauguran la jornada con discursos que buscan transmitir calma, apelando a la transparencia del SIREPRE, el sistema que promete resultados preliminares esta misma noche. Sin embargo, cerca a los recintos de votación la desconfianza persiste, herencia de pasadas fracturas electorales.
Mientras tanto, el proceso se despliega más allá de las fronteras. En Tokio, donde la tarde ya avanzaba, los primeros bolivianos en Japón ejercieron en primera instancia su derecho al voto, inaugurando simbólicamente una elección que atraviesa continentes. Horas más tarde, en Madrid y Roma, filas de compatriotas esperaban su turno, con banderas tricolores en los hombros y nostalgia en los ojos. El voto en el exterior se convierte en recordatorio de que el futuro de Bolivia también se define a miles de kilómetros de distancia.
La jornada no transcurre sola. Observadores de la OEA y de la Unión Europea recorren recintos, verifican actas y escuchan inquietudes. Su presencia imprime solemnidad al proceso y responde al clamor ciudadano por garantías. Nadie quiere que la sombra de la sospecha eclipse un día que debería ser una fiesta democrática.
El trasfondo, sin embargo, está cargado de tensiones: el MAS llega fragmentado, golpeado por la inflación, la escasez y sus propias pugnas internas. En contrapeso, Samuel Doria Medina y Jorge “Tuto” Quiroga encarnan la posibilidad de un viraje hacia políticas más liberales y pro-mercado. En los pasillos del poder y en las charlas de esquina, se da por hecho que habrá segunda vuelta, prevista para el 19 de octubre.
Cerca a las 9 de la mañana del Colegio Esoaña, en Cochabamba, una persona de la tercera edad sale de la mesa de votación con lágrimas en los ojos. “Voto por la esperanza, no por los hombres”, me dice con voz quebrada. Quizá esa frase condensa el espíritu de este domingo: un país cansado de promesas incumplidas, que busca en las urnas un respiro frente a la incertidumbre.
Cuando el sol se oculte tras las montañas paceñas y las pantallas transmitan los primeros resultados, Bolivia no solo sabrá quién lleva ventaja. Sabrá también si está dispuesta a cerrar un ciclo político y abrir otro, o si la inercia vuelve a imponerse.
Por Ximena Inturias para CalleBolivia
