La COB anunció una “gran movilización nacional” para “defender los derechos laborales y los recursos naturales” frente al nuevo gobierno. Es el primer pulso obrero hacia Rodrigo Paz, aún sin fecha definida, pero con la intención de marcar territorio.
Sin embargo, detrás de la retórica de defensa y soberanía, hay otro propósito: reivindicarse después de su desgaste durante la gestión de Luis Arce, cuando el Comité Ejecutivo —liderado por Juan Carlos Huarachi— fue criticado por su silencio ante el deterioro económico y la pérdida de poder adquisitivo.
En las puertas del Tribunal Departamental de Justicia de Santa Cruz, Juan Carlos Mamani, trabajador de base, resume la desconfianza colectiva:
“Yo no tengo tiempo para marchas, hermano. Si falto un día, mis hijos no comen. Que los dirigentes protesten, yo tengo que trabajar.”
Su frase es espejo de una realidad que golpea a miles: la lucha diaria por el sustento dejó poco espacio para la épica sindical.
La COB enfrenta un dilema: cómo convencer a una población más pragmática que ideológica, que ya no ve en la calle una salida, sino una pérdida de tiempo.
El intento de movilización es también una maniobra para restaurar legitimidad. Tras años de prórrogas, divisiones internas y cuestionamientos, el liderazgo sindical quedó debilitado. Muchos trabajadores lo asocian con pactos políticos más que con conquistas laborales.
En ese contexto, cada convocatoria sin eco es una derrota simbólica. La COB parece buscar una resurrección política más que una defensa concreta del obrero.
El gobierno de Rodrigo Paz, recién electo, encara un desafío doble: mostrar apertura al diálogo sin ceder ante la presión sindical, y al mismo tiempo medir la fuerza real del movimiento obrero.
Redacción central La Paz
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