Económicamente, el Gobierno justifica el ajuste como una decisión inevitable frente a una crisis acumulada; sin embargo, el mensaje quedó incompleto. No se explicó cuánto se reducirá el déficit fiscal, en qué plazos ni con qué instrumentos concretos. La eliminación de subsidios y los anuncios sociales funcionan más como medidas paliativas que como una estrategia integral de saneamiento fiscal, dice Álvaro Gómez, analista económico.
En términos prácticos, el Estado traslada el peso del ajuste al ciudadano común, especialmente a quienes viven del ingreso diario, sin mostrar todavía un plan claro de reducción del gasto público, reordenamiento estatal o eficiencia institucional. Es decir, el ajuste se siente en el bolsillo, pero no se ve en la contabilidad fiscal, añade.
Las compensaciones anunciadas —incremento salarial, bonos, Renta Dignidad— operan como paracetamol económico: alivian momentáneamente el dolor, pero no atacan la enfermedad de fondo. Y ese alivio, además, no es neutro: se financia con los mismos recursos que hoy escasean y que, en el corto plazo, seguirán presionando precios, costos y expectativas.
Por eso, en las calles se repite que “nos jodieron la Navidad”, pero el subtexto es más profundo: la factura no fue anulada, solo postergada. La ausencia de cifras claras sobre el déficit deja la sensación de que el sacrificio ya comenzó, pero la meta aún no ha sido explicada.
Redacción central Santa Cruz
